sábado, 6 de junio de 2020

Ejercicio 20: Yo soy tú


Ejercicio 20
Yo soy tú





Antes de proponerte un nuevo ejercicio, quiero referirme a una distinción que hace la tradición hindú. Esta tradición señala tres “caminos” (margas) para llegar a la “realización” espiritual:

Karma-marga, o camino de la acción desinteresada: este camino pone el acento en actuar sin aferrarnos al éxito o fracaso de nuestra actividad –a partir de las expectativas que nos habíamos hecho-. Este camino purificaría el ego en tanto que no le permite asirse a los frutos de su acción.

BhaKti-marga, o camino de la devoción: este camino parte de la consciencia de dualidad que tiene la persona humana, que se siente diferente y separada de la Divinidad, y que pretende establecer una relación amorosa y de mutuo conocimiento. Supone, por tanto, un Yo y un Tú en diálogo.

Jñana-marga, o camino del conocimiento: este camino parte de la situación de ignorancia radical en que se encuentra el individuo que se cree separado del Absoluto, y que necesitará un proceso de atención y discriminación continuados que le llevarán a disipar el velo de la ignorancia para que aparezca, radiante, la única Realidad, esencial y multiforme, de la cual él también “forma parte”, o mejor, es una expresión individual única.

Este camino pondrá un acento especial en la meditación, entendida como estado permanente de atención y discriminación, que nos haga caer en la cuenta del error que supone dar consistencia de realidad separada a los objetos de nuestra percepción, y que con un constante “neti, net” (“no es Eso, no es Eso”) remita nuestra atención a un “más allá” desconocido, que acabará revelándose como el fundamento de todo y a la vez la expresión creada de este fundamento, constituyendo una única Realidad.

Pasando ya al ejercicio de hoy, explico primero un conocido cuento oriental:

Dice que vuelve el amado a casa de la amada, después de largo tiempo sin verla, y, con el corazón deseoso, llama a la puerta con insistencia.

-          “¿Quién es?” –responde una voz, desde el interior.
-          “Soy yo, tu amado. ¡Ya estoy aquí, después de tanto tiempo!” –contesta el amado con impaciencia.
-          “No puedes entrar” –responde la voz del interior.
-          “¡Ábreme, por favor, que soy yo, y me muero de deseo de verte!”.
-          “No puedes entrar” –recibe por respuesta.

El amado marcha desconcertado, y vuelve a la semana siguiente para repetir el mismo diálogo:

-          “¿Quién hay?”
-          “¡Soy yo! Ábreme, por favor!”
-          “No puedes entrar”.

El amado no entiende nada y, totalmente confundido y desconcertado, decide marchar a digerir su pena en compañía de los ascetas solitarios del bosque, donde se entrega completamente a la meditación durante un tiempo. Pasado el cual, vuelve de nuevo a casa de su amada, donde la escena se repite.

-          “¿Quién hay?”
-          “Ábreme, que soy tu”.
Y al instante la puerta se abrió y su amada lo recibió con los brazos abiertos, diciéndole con ternura: 
“Ahora sí que puedes entrar: aquí no había lugar para dos”.

Este cuento nos da la clave del ejercicio:
-          Comienza, como siempre, con respiraciones profundas y la toma de consciencia corporal…
-          Ahora, respirando suavemente, evoca interiormente la presencia del Absoluto, más allá de toda sensación, pensamiento o sentimiento, y en cada respiración, repite suavemente en el lugar del corazón:

“Soy Tu” –como dirigiéndote a Él afirmando tu no-dualidad con Él. Permanece así el tiempo que desees…

-          Haz ahora un paso más: imagina que tú estás en silencio y que la voz que resuena en tu interior es precisamente la del Absoluto que te dice con inmensa ternura y amor: “SOY TU”. Disfruta de este diálogo el rato que quieras…
-          Posiblemente te verás empujado a entrar en un Silencio que abandona toda palabra, en el que ya no hay un Yo ni un Tu separados, porque el Amor los une en una misteriosa No-Dualidad



RECUERDA: periódicamente, voy presentando nuevos ejercicios en la Página Principal del blog. Paralelamente, y para tenerlos disponibles juntos, los voy dejando en la página DESPIERTO Y ATENTO.










sábado, 30 de mayo de 2020

Cuento 24: No cambies






NO  CAMBIES

Durante años fui un neurótico.
Era un ser angustiado, deprimido y egoísta.
Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara.
Y no dejaban de recordarme lo neurótico que yo era.

Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no acababa de conseguirlo por mucho que lo intentara.

Lo peor era que mi mejor amigo
tampoco dejaba de recordarme
lo neurótico que yo estaba.
Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara.

Y también con él estaba de acuerdo,
y no podía sentirme ofendido con él.
De manera que me sentía impotente
 y como atrapado.

Pero un día me dijo:
«No cambies. Sigue siendo tal como eres.
En realidad no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres
 y no puedo dejar de quererte».

Aquellas palabras sonaron en mis oídos como música: «No cambies. No cambies. No cambies... Te quiero...».

Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo.
Y, ¡Oh, maravilla!, cambié.

Ahora sé que en realidad no podía cambiar hasta encontrar a alguien que me quisiera, prescindiendo de que cambiara o dejara de cambiar.

¿Es así como Tú me quieres, Dios mío?



sábado, 25 de abril de 2020

También las mariposas






El trabajo, la agitación, las llamadas, los compromisos… Todo parece conjurarse para sacarnos de nosotros mismos. Fuera al fin, que es donde solemos estar, la pregunta ¿quién soy? –que siempre, siempre resuena– no obtiene respuesta. Nos afanamos entonces para llenarnos de más trabajo y más agitación, de más compromisos y carreras, de más idas y venidas, mensajes, llamadas, recados, citas… Todo con tal de no escuchar esa pregunta insoportable y reincidente: ¿quién soy?, ¿adónde voy?, ¿qué sentido tiene el mundo? Pero esa pregunta, formulada como la formulemos, siempre está ahí, latiendo a cada rato, escondida tras las esquinas. En un rostro con el que nos cruzamos, en un segundo en que parece que no pasa nada, en el ruido de la calefacción, en el goteo de un grifo o en un despertador que suena… ¿Quién eres? ¿Adónde vas? ¿Qué haces aquí? ¿Qué estás haciendo de tu vida? Todo para saber una sola cosa: ¿soy amado?, ¿tengo derecho a existir?

Finalmente algo sucede. Finalmente nos detenemos. Quizá sólo un minuto. Quizá dos o tres o unos pocos segundos. Entonces la pregunta suena claramente y, al fin, nos rendimos. ¡Qué bello es ese momento de la rendición! ¡Qué hermoso cuando bajamos las armas y, desnudos, nos rendimos a esa evidencia que es la vida y que tanto nos obstinamos por cubrir!

La vida, ese es todo el misterio. El miedo, ese es todo nuestro problema. Meditamos para no escaparnos de la vida. Para escuchar esa pregunta. Para dejarla latiendo, como si estuviera viva. Meditamos para aprender a parar la máquina de los deseos y el motor de los pensamientos. Para hacer un alto en la carrera. Para ponernos en sintonía con el universo, ésta sí que es una bonita definición de meditación. Para darnos cuenta de que formamos parte de un todo, de una realidad superior.

Meditamos para saber que no estamos solos, para comprender que aun en la más estricta soledad estamos en comunión. Para unirnos al canto de la Creación, tan inaudible como estruendoso, para comprender que el miedo es un fantasma y que no tiene ninguna razón. También meditamos para recomponer los fragmentos en que nos hemos dispersado a lo largo del día. O de la noche. Y para ver y escuchar al misterio, que es tan discreto como potente. Y para experimentar una alegría profunda, sin motivo. Meditamos para despertar del sueño, para descubrir que somos luminosos. Para sacar lo mejor que tenemos. Para ser lo que somos. Para no estar separados y sentir que todo, hasta lo aparentemente peor, es bueno. Meditamos para rendir culto a la confianza, para habitar serenamente en la oscuridad, para contemplar ese ¿quién soy? como quien ve volar a una mariposa.

 El trabajo, la agitación, las llamadas, sí… Pero también las mariposas.








sábado, 18 de abril de 2020

Thich Nhat Hanh: Plena conciencia










No pensar es un arte, y como cualquier arte, exige paciencia y práctica. Encontrar unos pocos minutos para sentarte en quietud es la forma más fácil de aprender a abandonar tu modo habitual de pensar. Cuando te sientas en silencio puedes observar el ir y venir de tus pensamientos y en lugar de rumiar en ellos, dejas que lleguen y se vayan mientras te concentras en la respiración y en el silencio que se ha hecho en ti.

También se puede “meditar caminando”. Caminar es una forma maravillosa de despejar la mente sin intentar despejarla. No dices: “¡Ahora voy a meditar!” o “¡Ahora voy a no pensar!” Te dedicas simplemente a andar, y mientras te concentras en ello, la alegría y la atención plena surgen de manera natural.

Para gozar realmente de tus pasos mientras caminas, deja que tu mente se desprenda por completo de cualquier preocupación o plan. No hace falta que inviertas mucho tiempo y esfuerzo parándote para vaciar la mente. Al inhalar de manera consciente, ya habrás dejado de pensar. Cuando inhalas, das un paso. Mientras inhalas dispones de dos o tres segundos para detener la maquinaria mental. Si la radio del PSP (Pensar Sin Parar) está puesta a todo volumen, no dejes que esa energía huracanada de la dispersión te arrastre como si fuera un tornado. La práctica de la plena conciencia te permite vivir el presente, el único instante en el que la vida y todas sus maravillas son reales y están a tu alcance.

Al principio quizá necesites un poco más de tiempo, tal vez hayas de respirar de manera consciente diez o veinte segundos para vaciar la mente. Puedes dar un paso al inhalar y otro paso al exhalar. Si te distraes, vuelve a llevar suavemente la atención a la respiración.

Diez o veinte segundos no es mucho tiempo. En ese pequeño espacio de tiempo sentirás el goce, la alegría, la felicidad de dejar de pensar. Durante ese tiempo de quietud, tu cuerpo se curará a sí mismo. Tu mente se renovará a sí misma. No hay nadie ni nada que te impida seguir sintiendo la dicha del segundo paso, de la segunda respiración. Tus pasos y tu respiración siempre estarán ahí para ayudarte a sanar.

Mientras caminas, tal vez veas cómo tu mente es empujada y arrastrada de aquí para allá por la antigua y arraigada energía del hábito de la ira o el deseo imperioso. La plena conciencia te permite reconocer esta energía del hábito. Al advertirla, simplemente sonríele y dale un buen baño de plena conciencia, de silencio cálido y espacioso. Esta práctica te permitirá desprenderte de la energía del hábito negativo. Puedes ofrecerte este baño cálido y envolvedor de silencio siempre que lo desees, mientras caminas, estás acostado, lavas los platos, te cepillas los dientes o hacer cualquier otra cosa.

Esta clase de silencio no significa dejar de hablar. La mayor parte del ruido viene de la animada cháchara que mantenemos en nuestra cabeza. Pensamos y volvemos a pensar sin parar, una y otra vez. Aunque esto no significa que no debamos pensar nunca o que hayamos de reprimir nuestros pensamientos, sino que cuando caminamos nos hacemos el regalo de tomarnos un descanso de nuestros pensamientos centrándonos por entero en la respiración y en nuestros pasos. Si necesitamos realmente pensar en algo, dejamos de caminar y ponemos toda la atención en el tema en el que debemos reflexionar.

Caminar y respirar con plena conciencia te permite sentir los milagros de la vida que te rodean, por lo que tus pensamientos compulsivos se desvanecen por sí solos.

Deja de centrarte en tus pensamientos para volver a tu verdadero hogar y vivir el momento presente es una práctica básica de plena conciencia. La puedes hacer en cualquier momento, donde sea, y con ella la vida te resultará más agradable. La práctica de la plena conciencia no requiere meditar sentado u observar las formas externas de la misma. Simplemente consiste en prestar atención y encontrar la quietud dentro de uno. Si no logramos hacerlo, no podemos ocuparnos de las energías de la violencia, el miedo, la cobardía y el odio que hay en nuestro interior.

Cuando tu mente está agitada y llena de ruido, aunque por fuera parezcas estar tranquilo, no es más que pura fachada. Pero si encuentras dentro de ti espacio y calma, desprenderás serenidad y alegría de manera natural. Puedes ayudar a los demás y crear un ambiente más sano a tu alrededor sin pronunciar una sola palabra.

sábado, 4 de abril de 2020

¡Soy Naturaleza!

Soy Naturaleza !





Con el atardecer,
de nuevo atisbos de tormenta.
Rumores de truenos aún lejanos.
Es el tercer día.
De momento,
más tormenta eléctrica
que de agua.

La brisa trae aromas
de paja y hierba húmeda.
El olor del campo húmedo
me retrotrae a mi infancia.
Son olores familiares.
Son olores naturales.

La Naturaleza se deja sentir.
Se impone y envuelve.
Me envuelve!
Se impone como esencia.
Me transporta a mi esencia:
soy Naturaleza.

Ligado a la existencia,
entrelazado con lo existente,
en comunión con todo cuanto ES.
Materia de la materia,
Espíritu con el espíritu
que trasciende toda finitud.

Todo con el TODO.
Aquí no hay principio ni fin.
No hay vida ni muerte, …
hay TODO: SER.

Nubes,
truenos,
lluvia,
relámpagos,
humedad,
hierba, …
NATURALEZA!

Soy nube,
trueno,
lluvia,
relámpago,
humedad,
hierba, …

Soy NATURALEZA!


Daniel




sábado, 28 de marzo de 2020

Quietud y silencio




Es maravilloso constatar cómo conseguimos grandes cambios en la quietud más absoluta. Porque no es solo que el silencio sea curativo, también lo es la quietud. Ante todo hay que decir que el silencio en quietud es muy diferente al silencio en movimiento. Está demostrado científicamente que los ojos que no se mueven propician en el sujeto una concentración mayor que si se tienen en movimiento. Al moverse es muy fácil, casi inevitable, estar fuera de nosotros. La quietud, por contrapartida, invita a la interiorización. Es necesario pasar por la quietud para adiestrarse en el dominio de sí, sin el que no puede hablarse de verdadera libertad.

En la meditación no hay, al menos en apariencia, un desplazamiento significativo de un lugar a otro; hay más bien una suerte de instalación en un no-lugar. Ese no-lugar es el ahora, el instante es la instancia.

Tras mucho pensarlo, he concluido que lo que más me gusta de meditar es que resulta un espacio –un tiempo- no dramático. A quien no medita le gusta, por lo general, vivir con emociones; a quien medita, en cambio, sin ellas. Al meditar se descubre que a la vida no hay que añadirle nada para que sea vida y, todavía más, que todo lo que le añadimos la desvitaliza.

Meditar es, fundamentalmente, sentarse en silencio, y sentarse en silencio es, fundamentalmente, observa los movimientos de la propia mente. Observar la mente es el camino. ¿Por qué? Porque mientras se observa, la mente no piensa. Así que fortalecer al observador es el modo para acabar con la tiranía de la mente, que es la que marca la distancia entre el mundo y yo.

Sentándome y observándome he posibilitado esos chispazos o intuiciones que me han descubierto quién soy mucho más que reflexionando sobre mi personalidad por la trillada vía del análisis. Cuando me siento y me observo, no pasa por lo general mucho tiempo hasta que me descubro en otro lugar: me he escapado de mí y debo regresar.

Yo medito exactamente como vivo: con miedos, con imágenes, con conceptos… Nadie se sienta a meditar con lo que no es.

Pero no basta con sentarse en silencio, hay que observar lo que sucede dentro: esas son las reglas del juego. La observación, la contemplación, es efectiva. Mirar algo no lo cambia, pero nos cambia a nosotros.








sábado, 21 de marzo de 2020

Thomas Merton: Contemplación: preferencia por el desierto




En La oración contemplativa, obra a la que pertenece el capítulo XV, Thomas Merton nos lleva al corazón de la contemplación: «Debemos dejarnos llevar desnudos e inermes al centro de ese pavor en el que nos encontramos solos frente a Dios, en nuestra nada sin explicación, completamente dependientes de su providencia, en una necesidad apremiante del don de su gracia, su perdón y la luz de la fe…», porque «la verdadera contemplación no es un truco psicológico, sino una gracia teologal».


XV

La oración contemplativa es, en cierto modo, simplemente la preferencia por el desierto, el vacío, la pobreza. Cuando uno ha conocido el sentido de la contemplación, intuitiva y espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido de la aridez con preferencia a ningún otro. El contemplativo es el que más bien desconoce que conoce, más bien no goza que goza, y el que más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia aparente. Ésta es una condición necesaria, y muy paradójica, para la experiencia mística de la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con nosotros. Sólo cuando somos capaces de «dejar que salgan» todas las cosas de nuestro interior, todos los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de experimentar la presencia con una convicción y una realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida interior.
Walter Hilton, un místico inglés del siglo catorce dice en su Scale of Perfection:

Es mucho mejor ser separado de la visión del mundo en esta noche oscura, por muy penoso que eso pueda resultar, que morar fuera, ocupado en los falsos placeres del mundo… Porque cuando estás en esa noche, te encuentras mucho más cerca de Jerusalén que cuando estás en la falsa luz. Abre tu corazón al movimiento de la gracia y acostúmbrate a residir en esta oscuridad, intenta familiarizarte con ella y encontrarás rápidamente que la paz, y la verdadera luz de la comprensión espiritual inundarán tu alma…

La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, una expectación. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja? Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es una atención a la longitud de cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente vacío. En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular, que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz. Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es “respondido”, no es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo cuando de repente, inexplicablemente revelándose a él como la palabra de máximo poder, llena de la voz de Dios.

Pero no debemos aceptar una visión puramente quietista de la oración contemplativa. No es mera negación. Nadie se convierte en contemplativo sencillamente por «oscurecer» las realidades sensibles, y permanecer solo consigo mismo en la oscuridad. En primer lugar, uno que hace eso como un montaje, a propósito, como conclusión de un razonamiento práctico sobre el tema, y sin una vocación interior, sencillamente entra en una oscuridad artificial que se ha fabricado él mismo. No está solo con Dios, sino solo consigo mismo. No está en presencia del Único Trascendente, sino de un ídolo, el de su propia identidad complaciente. Se ve inmerso y perdido en sí mismo, en un estado de narcisismo inerte, primitivo e infantil. Su vida es «nada» no en el sentido misterioso, dinámico, en el que la nada del místico es paradójicamente el todo de Dios. Es sencillamente la nada de un ser finito, abandonado a sí mismo en su propia trivialidad.

Los místicos renanos del siglo catorce tuvieron que luchar contra muchas formas heréticas de contemplación y contra la pasividad de la voluntad propia, arbitraria, de los que abrazaban la forma quietista de oración de una manera sistemática, dedicándose a cultivar simplemente la inercia como si ella fuera, por sí misma, suficiente para resolver los problemas. De ésos dice Tauler:

Estas personas han entrado en un camino sin salida. Confían totalmente en su inteligencia natural y están totalmente orgullosos de ellos mismos al hacerlo. Nada saben de las profundidades y riquezas de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Ni siquiera han formado sus propias naturalezas por el ejercicio de la virtud y no han avanzado en los caminos del verdadero amor. Confían exclusivamente en la luz de su razón y en su falsa pasividad espiritual.

El problema que entraña el racionalismo es que se engaña a sí mismo en su racionalización y manipulación de la realidad. Hace culto del «permanecer sin moverse», como si eso en si mismo tuviera un poder mágico para resolver todos los problemas y llevar al hombre al contacto con Dios. Pero de hecho es sencillamente una evasión. Es una falta de honradez y seriedad, una banalidad con la gracia y una huida de Dios. Esto es realmente el «quietismo puro». Pero, ¿podemos decir que algo semejante existe en nuestros días?

El quietismo absoluto no es un peligro omnipresente en el mundo de nuestro tiempo. Para ser un quietista absoluto, uno tendría que hacer esfuerzos heroicos para permanecer sin hacer nada, y tales esfuerzos están más allá del poder de la mayoría de nosotros. Sin embargo, existe una tentación de una clase de pseudoquietismo que afecta a los que han leído libros sobre el misticismo sin entenderlos en absoluto. Y eso los lleva a una vida espiritual deliberadamente negativa, que no es más que una dejación de la oración, por ninguna otra razón que por la de imaginar que, dejando de ser activo, uno entra en la contemplación. Eso lleva en realidad a la persona a estar vacía, sin una vida espiritual, interior, en la que las distracciones y los impulsos emocionales gradualmente los afirman a expensas de toda actividad madura, equilibrada, de la mente y el corazón. Persistir en esta situación de paréntesis puede llegar a ser muy perjudicial espiritual, moral y mentalmente.

El que sigue los caminos ordinarios de la oración, sin prejuicio alguno y sin complicaciones, será capaz de disponerse mucho mejor para recibir su vocación a la oración contemplativa a su debido tiempo, dando por sabido que le llegará su momento.    

La verdadera contemplación no es un truco psicológico, sino una gracia teologal. Sólo nos viene en forma de un regalo, y no como resultado de nuestro empleo inteligente de técnicas espirituales. La lógica del quietismo es una lógica puramente humana, en la cual dos más dos son cuatro. Desgraciadamente, la lógica de la oración contemplativa es de un orden enteramente diferente. Está más allá del dominio estricto de causa y efecto, porque pertenece enteramente al amor, a la libertad, a los desposorios espirituales. En la verdadera contemplación no hay «razón por la que» el vacío nos deba llevar necesariamente a ver a Dios cara a cara. Ese vacío nos puede llevar de la misma manera a encontrarnos cara a cara con el demonio, y de hecho a veces lo hace. Es parte del riesgo de este desierto espiritual. La única garantía contra el enfrentamiento con el demonio en la oscuridad, si es que podemos hablar realmente de algún tipo de garantía, es simplemente nuestra esperanza en Dios, nuestra confianza en su voz, en su misericordia.

Ha quedado claro que el camino de la contemplación no es de ninguna manera una «técnica» deliberada de vaciarse uno mismo, para conseguir una experiencia esotérica. Es una respuesta paradójica a la llamada de Dios casi incomprensible, lanzándonos a la soledad, zambulléndonos en la oscuridad y el silencio, no para retirarnos y protegernos del peligro, sino para llevarnos a salvo a través de peligros desconocidos, por un milagro de su amor y de su poder.

El camino de la contemplación no es, de hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y él es invisible. El «desierto» de la contemplación es sencillamente una metáfora para explicar el estado de vacío que experimentamos cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo invisible como nuestro camino. Como dice san Juan dela Cruz:

Y así grandemente se estorba un alma para venir a este alto estado de unión con Dios, cuando se ase a algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello… Por tanto, en este camino, el entrar en camino es dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al término y dejar su modo, es entrar en lo que no tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni puede asir a ellos… aunque en sí encierra todos los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene todo.

Esto podría completarse con las palabras que siguen de John Tauler:

Cuando hemos probado esto en la auténtica profundidad de nuestras almas, nos hace hundirnos y disolver-nos en nuestra nada y pequeñez. Cuanto más brillante y más pura es la luz que se derrama en nosotros por la grandeza de Dios, tanto más claramente veremos nuestra nada y pequeñez. En realidad así es cómo podemos discernir la autenticidad de esta iluminación. Porque es el brillo divino de Dios en lo más profundo de nuestro ser, no por medio de imágenes, no por medio de nuestras facultades, sino en las auténticas profundidades de nuestras almas. Su efecto será hundirnos más y más en nuestra propia nada.

Se pueden sacar dos sencillas conclusiones de todo esto. Primero, que la contemplación es la culminación de la vida cristiana de oración, porque el Señor no desea nada de nosotros más que convertirse él mismo en nuestro «camino», en nuestra «verdadera vida». Esta es la única finalidad de su venida a la tierra para buscarnos, para poder elevarnos, juntamente con él, al Padre. Sólo en él y con él podemos alcanzar al Padre invisible, al que nadie podrá ver y seguir viviendo. Muriendo a nosotros mismos, y a todas las «maneras», «lógicas» y «métodos» propios nuestros, podemos ser contados entre aquellos a los que la misericordia del Padre ha llamado a sí en Cristo. Pero la otra conclusión es igualmente importante. Ninguna lógica propia puede conseguir esta transformación de nuestra vida interior. No podemos argumentar que el «vacío» es igual a la “presencia de Dios”, y luego sentarnos tranquilamente para conseguir la presencia de Dios vaciando nuestras almas de toda imagen. No es cuestión de lógica ni de causa y efecto. Tampoco es cuestión de deseo, o de una empresa proyectada, o de nuestra propia técnica espiritual.

Todo el misterio de la oración contemplativa simple es un misterio de amor divino, de vocación personal y de don gratuito. Esto, y sólo esto, consigue el verdadero «vacío», en el que ya nada queda de nosotros mismos.

Un vacío deliberadamente cultivado, para llenar una ambición espiritual no responde en absoluto al concepto de vacío espiritual. Es la plenitud de uno mismo. Tan lleno que la Luz de Dios no tiene sitio alguno por donde poder penetrar. No hay grieta ni rincón abandonado donde algo pueda encajarse en ese duro corazón, fruto de la autoabsorción, que es nuestra opción de vivir centrados en nuestro propio ser. Y, en consecuencia, cualquiera que aspire a convertirse en contemplativo debe pensarlo dos veces antes de ponerse en camino. Quizá la mejor forma de convertirse en contemplativo seria desear con todo el corazón ser cualquier cosa menos contemplativo. ¿Quién sabe?

Pero, naturalmente, tampoco eso es verdad. En la vida contemplativa, ni el deseo ni el rechazo del deseo es lo que cuenta, sino sólo aquel “deseo” que es una forma de “vacío”, que asiente con lo desconocido y avanza tranquilamente por donde no ve camino alguno. Todas las paradojas acerca del camino contemplativo se reducen a ésta: estar sin deseos significa ser llevado por un deseo tan grande que es incomprensible. Es demasiado grande para ser completamente sentido. Es un deseo ciego, que parece un deseo de «la vaciedad», sólo porque nada puede contentarlo. Y porque es capaz de descansar en la vaciedad, entonces, relativamente hablando, descansa en la vaciedad. Pero no en una vaciedad como tal, en una vaciedad por sí misma. Realmente no existe tal entidad como pura vaciedad, y la vaciedad meramente negativa del falso contemplativo es una «cosa», no la «nada». La «cosa» que se reduce a la oscuridad misma, de la cual todos los demás seres están excluidos deliberadamente y por todos los medios.

Pero la verdadera vaciedad es la que trasciende todas las cosas, y aún es inmanente a todas ellas. Porque lo que parece vaciedad en este caso es puro ser. O al menos un filósofo podría describirla así. Pero para el contemplativo es otra cosa. No es ni ésta ni aquélla. Todo lo que digáis de ella es diferente a lo que se decía. Lo propio de la vaciedad, al menos para un cristiano contemplativo, es puro amor, pura libertad. Amor que está libre de todo, no determinado por nada, o visto en alguna clase de relación. Es un compartir, a través del Espíritu Santo, en la infinita caridad de Dios. Y así, cuando Jesús dijo a sus discípulos que amaran, se refería a una forma de amar tan universal como la del Padre, que envía su lluvia lo mismo sobre justos que sobre pecadores. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.” Esta pureza, libertad e indeterminación del amor es la auténtica esencia del cristianismo. A esto aspira sobre todo la vida monástica.