sábado, 29 de diciembre de 2018

Stop 11










¡Qué maravilla,
qué misterio!

Transporto leña,
saco agua.

                                                                                     Poema Zen



sábado, 15 de diciembre de 2018

Ejercicio 9: Identificándonos con la creación

Ejercicio 9
Identificándonos con la creación








TODAS LAS TRADICIONES RELIGIOSAS han utilizado elementos de la creación como símbolos que las han inspirado y las han dirigido hacia la Transcendencia. Así, la luz, el fuego, el agua, la tierra, el aire, el sol, el cielo, el árbol, la montaña, la flor, el río, el mar, etc., son símbolos religiosos universales. Vale la pena que en nuestro camino de despertar interior los tengamos presentes y los aprovechemos, como han hecho nuestros maestros.

El esquema básico de trabajo sería:

Como siempre, comenzamos relajándonos y centrándonos en el presente a través de la consciencia corporal y la respiración.

A continuación, contemplamos físicamente el objeto simbólico escogido. Y si éste no está físicamente presente, lo hacemos con la imaginación.

Nos abrimos al máximo para percibir sus características. No se trata tanto de pensarlas como de sentirlas.

Hacemos como si nos avanzáramos hacia el objeto escogido hasta identificarnos con él: hacernos él. Hasta vivir y percibir en nosotros sus características.

A partir de aquí, constataremos que cada objeto escogido con el que nos estamos identificando nos remite, con su manera específica, hacia el trasfondo de todo, hacia el Universo, hacia el Ser, el Absoluto, el Yo profundo de todo…

Por tanto, no nos quedamos atrapados por la vivencia del objeto escogido, por rica y agradable que sea, sino que a través de él vamos más allá y lo transcendemos todo para entrar en el Silencio y en la Totalidad.

Cuando volvemos a abrir los ojos, nosotros somos de nuevo nosotros, el sol es el sol, el fuego es el fuego, el río es el río, etc. Pero vividos ahora desde una nueva percepción: ya no nos sentimos separados. Es lo que los maestros llaman la consciencia de No-Dualidad, que no abarca sólo los objetos de la creación, sino sobre todo también lo que a menudo nos crea más conflicto y dificultad: las personas –las próximas y las lejanas- que constituyen nuestro mundo.
La armonía y belleza de los objetos de la creación nos ayudan a reencontrar nuestra propia armonía y belleza, no sólo la nuestra, sino la de quienes nos rodean, cosa que no siempre es fácil.




RECUERDA: periódicamente, voy presentando nuevos ejercicios en la Página Principal del blog. Paralelamente, y para tenerlos disponibles juntos, los voy dejando en la página DESPIERTO Y ATENTO.







sábado, 8 de diciembre de 2018

Exponerse al sol

Exponerse al Sol







Para conocer el Sol
uno solo es el camino:
exponerse al Sol.

Sin palabras,
sin conceptos,
sin imágenes,
sin hipótesis,
sin elucubraciones,
sin experimentos.

Exponerse
pacientemente,
silenciosamente,
y constantemente.

El Sol
iluminará tus ojos,
acariciará tu piel,
calentará tus entrañas.

Expuesto al Sol,
él se irá haciendo tú,
y tú serás transformado
más y más
en Sol.

                                             Daniel






sábado, 1 de diciembre de 2018

Cuento 11: Los bambúes




LOS BAMBÚES

Nuestro perro, Brownie, estaba sentado en tensión, las orejas aguzadas, la cola meneándose tensamente, los ojos alerta, mirando fijamente hacia la copa del árbol. Estaba buscando a un mono. El mono era lo único que en ese momento ocupaba su horizonte consciente. Y, dado que no posee entendimiento, no había un solo pensamiento que viniera a turbar su estado de absoluta absorción: no pensaba en lo que comería aquella noche, ni si en realidad tendría algo que comer, ni en dónde iba a dormir. Brownie era lo más parecido a la contemplación que yo haya visto jamás.
Tal vez tú mismo hayas experimentado algo de esto, por ejemplo cuando te has quedado completamente absorto viendo jugar a un gatito. He aquí una fórmula, tan buena como cualquier otra de las que yo conozco, para la contemplación: Vive totalmente en el presente.
Y un requerimiento absolutamente esencial, por increíble qué parezca: Abandona todo pensamiento acerca del futuro y acerca del pasado. Debes abandonar, en realidad, todo pensamiento toda frase, y hacerte totalmente presente. Y la contemplación se produce.

Después de años de entrenamiento,
el discípulo pidió a su maestro
que le otorgara la iluminación.

El maestro le condujo a un bosquecillo de bambúes
y le dijo: «Observa qué alto es ese bambú
Y mira aquel otro, qué corto es».
Y en aquel mismo momento el discípulo recibió la iluminación.

Dicen que Buda intentó practicar toda espiritualidad, toda forma de ascetismo, toda disciplina de cuantas se practicaban en la India de su época, en un esfuerzo por alcanzar la iluminación. Y que todo fue en vano. Por último, se sentó un día bajo un árbol que le dicen 'bodhi' y allí recibió la iluminación. Más tarde transmitió el secreto de la iluminación a sus discípulos con palabras que 'pueden parecer enigmáticas a los no iniciados, especialmente a los que se entretienen en sus pensamientos:

«Cuando respiréis profundamente, queridos monjes, sed conscientes de que estáis respirando profundamente. Y cuando respiréis superficialmente, sed conscientes de que estáis respirando superficialmente. Y cuando respiréis ni muy profunda ni muy superficialmente, queridos monjes, sed conscientes de que estáis respirando ni muy profunda ni muy superficialmente».

Conciencia. Atención. Absorción. Nada más. 

sábado, 24 de noviembre de 2018

Un espacio para ser yo




Un espacio para ser yo




¿Por qué amo tanto el silencio?, me he preguntado a menudo. ¿Por qué proyecto en él quién sabe qué delicias? ¿No será el silencio un mito –me he dicho-, el reducto donde introduzco un poco de paraíso en esta tierra de ruidos? Y he concluido que el silencio y la soledad me han fascinado tanto porque son los espacios perfectos para ser yo y, ¡cómo no!, también para dejar de serlo.

            Pablo d’Ors






sábado, 17 de noviembre de 2018

sábado, 10 de noviembre de 2018

¡Gracias!


¡Gracias!




Miro,
admiro,
escucho,
leo,
siento,
presiento,
… …
Te busco!










Dios próximo,
pero al fin inalcanzado.
Dios cercano,
intuido,
presentido,
pero al final …
más allá.

Dios,
energía,
dinamismo,
evolución,
persona,
fuerza,
aliento de vida, …
¿quizás todo?
No lo sé.

Sí, quizás TODO!

Sol,
brisa,
respiración,
dolor,
preocupación,
yo,
tu,
… …

Sí, quizás TODO!

Dios: no-yo.
Yo: no-Dios.

Dios: no-sin-mi.
Yo: no-sin-Dios.

Dios en mi!
Yo en Dios!

Sea lo que sea,
sea como sea,
¡GRACIAS!

                           Daniel








sábado, 3 de noviembre de 2018

Ejercicio 8:



Ejercicio 8
Llama de fuego





Este ejercicio resulta fácil y agradable de hacer si tienes una pequeña vela encendida o algún fuego delante.

El ejercicio es así:

Consciente de tu cuerpo y de tu respiración, contempla durante unos minutos la llama que tienes delante (si no la tienes físicamente, la imaginas). Fija en ella tranquilamente la mirada… en silencio… sin hacer ninguna consideración mental…

Contémplala de tal manera que te vaya resultando familiar, próxima, hasta que te sea fácil imaginar que tú te fundes con la llama, que tú eres la llama…

La llama es inconsistente, volátil, luminosa…

Tu cuerpo, ahora convertido en llama, es también sutil, volátil, luminoso…

Tu mente, tu mundo emocional y afectivo, todo se vuelve silencioso y sutil como la llama…

Simplemente luz…

Y, si quieres llevar más lejos la meditación, cierra los ojos (si todavía los tienes abiertos) y haz como si todo tu yo individual –cuerpo y psiquismo- acabaran de consumirse en tu llama hasta que no quede nada: Silencio… en el Todo, es Todo…

Conviene practicar cada ejercicio como mínimo una semana antes de pasar al siguiente –y si te detienes en uno más tiempo, todavía mejor-. 




RECUERDA: periódicamente, voy presentando nuevos ejercicios en la Página Principal del blog. Paralelamente, y para tenerlos disponibles juntos, los voy dejando en la página DESPIERTO Y ATENTO.






sábado, 27 de octubre de 2018

Humildad


Humildad



No es posible acceder a la verdad sin humildad; la humildad es la puerta de la verdad. Todo se comprende desde abajo, sólo desde abajo: ésta es la sabiduría a la que he llegado. ¡Si los filósofos entendieran esto! Lo sabio no es subir, sino bajar, puesto que el lugar más bajo es siempre el más universal. Nos vamos quedando progresivamente más solos conforme subimos. Me ha costado mucho entender que no tengo que ser nada, puesto que ya lo soy; que el proceso por el que debía encaminarme no consistía en añadir experiencias o conocimientos para llegar a se, sino precisamente en quitarlas para llegar a descubrir a quien ya era y a quien durante tanto tiempo había ignorado. Según he comprendido, estos son los dos presupuestos básicos con que se puede vivir: yo no soy y tengo que sumar para poder ser; yo ya soy y tengo que restar para descubrirlo. Quizá haya alguien a quien sirva esta anotación.
Cuando he profundizado en mí mismo he descubierto que soy, fundamentalmente, angustia y egocentrismo. Esto no me gusta y, por eso, he pasado mucho tiempo tratando de ocultármelo. Toda nuestra vida suele ser, a menudo, un simple encubrimiento de la verdad. Por eso tantas personas se dedican a divertirse, por eso no quieren parar. El hombre odia la verdad porque le descubre tal cual es.





sábado, 20 de octubre de 2018

Cuento 10: ¡Puedo cortar madera!







¡PUEDO CORTAR MADERA!

Cuando el Maestro de Zen alcanzó la iluminación,
escribió lo siguiente para celebrarlo:

«¡Oh, prodigio maravilloso:
puedo cortar madera y
sacar agua del pozo!».

Para la mayoría de la gente no tienen nada de prodigioso actividades tan prosaicas como sacar agua de un pozo o cortar madera. Un vez alcanzada la iluminación, en realidad no cambia nada. Todo sigue siendo igual. Lo que ocurre es que entonces el corazón se llena de asombro. El árbol sigue siendo un árbol; la gente no es distinta de como era antes; y lo mismo sucede con uno mismo. La vida no prosigue de manera diferente. Puede uno ser tan variable o tan ecuánime, tan prudente o tan alocado como antes. Pero sí existe una diferencia importante: ahora puede uno ver todas las cosas de diferente modo. Está uno como más distanciado de todo ello. Y el corazón se llena de asombro.
Esta es la esencia de la contemplación: la capacidad de asombro.

La contemplación se diferencia del éxtasis en que éste lleva a uno a «retirarse». Pero el contemplativo iluminado sigue cortando madera y sacando agua del pozo. La contemplación se diferencia de la percepción de la belleza en que ésta (un cuadro o una puesta de sol) produce un placer estético, mientras que la contemplación produce asombro, prescindiendo de que lo que se contemple sea una puesta de sol o una simple piedra. 

sábado, 13 de octubre de 2018

sábado, 6 de octubre de 2018

El método de oración hesicasta



EL MÉTODO DE ORACION HESICASTA
Según la enseñanza del padre Serafín del Monte Athos


Un joven filósofo llegó al Monte Athos. Una liturgia vivida en su ciudad le había inspirado el deseo de pasar algunos días en el Monte Athos, con ocasión de sus vacaciones en Grecia, para saber un poco más sobre el método de la oración de los hesicastas, esos silenciosos a la búsqueda de "hesychia", es decir, de paz interior.
Si bien había leído varios libros sobre la meditación y la oración, no había rezado verdaderamente ni practicado una forma particular de meditación y lo que pedía en el fondo no era un discurso más sobre la oración o la meditación sino una "iniciación" que le permitiera vivirlas y conocerlas desde dentro por experiencia y no sólo de "oídas".
El padre Serafín tenía una reputación ambigua entre los monjes de su entorno. Algunos le acusaban de levitar, otros de que gritaba y gemía, algunos le consideraban como un campesino ignorante, otros como un venerable staretz inspirado por el Espíritu Santo y capaz de dar profundos consejos así como de leer en los corazones.
Cuando se llegaba a la puerta de su eremitorio, el padre Serafín tenía la costumbre de observar al recién llegado de la manera más impertinente: de la cabeza a los pies, durante cinco largos minutos, sin dirigirle ni una palabra. Aquellos a quienes ese examen no hacía huir, podían escuchar el áspero diagnóstico del monje:
-  En usted no ha descendido más abajo del mentón.
-  De usted, no hablemos. Ni siquiera ha entrado.
-  Usted... no es posible... qué maravilla. Ha bajado hasta sus rodillas...

Hablaba del Espíritu Santo y de su descenso más o menos profundo en el hombre. Algunas veces a la cabeza, pero no siempre al corazón ni a las entrañas... El hombre perfecto, el hombre transfigurado era para él el habitado todo entero por la presencia del Espíritu Santo de la cabeza a los pies.

El joven filósofo no estaba aún ahí. El Espíritu Santo sólo había encontrado paso en él "hasta el mentón". Cuando pidió al padre Serafín que le hablase de la oración del corazón y de la oración pura según Evagrio Póntico, el padre Serafín comenzó a gemir. Esto no desanimó al joven, que insistió. Entonces el padre Serafín le dijo:

-  "Antes de hablar de la oración del corazón, aprende primero a meditar como la montaña...".

Y le mostró una enorme roca:

-  "Pregúntale cómo hace para rezar. Después vuelve a verme".



Meditar como una montaña

Así comenzó para el joven una verdadera iniciación al método de oración hesicasta. La primera meditación que le habían propuesto se refería a la estabilidad, al enraizamiento de un buen cimiento.

En efecto, el primer consejo que se puede dar al que quiere meditar no es de orden espiritual sino físico: siéntate. Sentarse como una montaña quiere decir tomar peso, estar grávido de presencia.  Una mañana sintió realmente lo que quería decir meditar como una montaña. Estaba allí con todo su peso, inmóvil. Las montañas tienen un tiempo distinto, otro ritmo. Estar sentado como una montaña es tener la eternidad delante, es la actitud justa para el que quiere entrar en la meditación: saber que está la eternidad detrás, adentro y delante de sí.

Se quedó así varias semanas. Lo más duro era pasar varias horas “sin hacer nada”. Era menester volver a aprender a estar, simplemente estar, sin objeto ni motivo. Meditar como una montaña era la meditación misma del Ser, “del simple hecho de Ser”, antes de cualquier pensamiento, cualquier placer o dolor.


Meditar como una montaña había modificado igualmente el ritmo de sus pensamientos. Había aprendido a “ver” sin juzgar, como si diese a todo lo que crece en la montaña “el derecho de existir”.

Un día, unos peregrinos, impresionados por la calidad de su presencia, le tomaron por un monje y le pidieron la bendición. Al enterarse de esto, el padre Serafín comenzó a molerle a golpes… El joven empezó a gemir.

– Menos mal, creía que te habías hecho tan estúpido como los guijarros del camino… La meditación hesicasta tiene el enraizamiento, la estabilidad de las montañas, pero su objetivo no es hacer de ti un tocho muerto sino un hombre vivo.

– Ahora ya no se trata de meditar como una montaña estéril. Aprende a meditar como una amapola, aunque no olvides por eso la montaña.


Meditar como una amapola

Así fue como el joven aprendió a florecer.

La meditación es ante todo un cimiento y eso es lo que le había enseñado la montaña. Pero la meditación es también una “orientación” y es lo que ahora le enseñaba la amapola: volverse hacia el sol, volverse desde lo más profundo de sí mismo hacia la luz. Hacer de ello la aspiración de toda su sangre, de toda su savia.

Aprendió también que para permanecer bien orientada, la flor debía tener el tallo erguido. Comenzó, pues, a enderezar su columna vertebral.

Esto le planteaba algunas dificultades porque había leído en ciertos textos de la filocalia que el monje debía estar ligeramente curvado, con la mirada vuelta al corazón y las entrañas.

Cuando pidió una explicación al padre Serafín, los ojos del staretz le miraron con malicia.

– Eso era para los forzudos de otros tiempos. Tú más bien tienes necesidad de energía y, por tanto, en el tiempo de la meditación, enderézate, estate vigilante, ponte derecho vuelto hacia la luz, pero sin orgullo… Por otro lado, si observas bien la amapola, te enseñará no sólo el enderezamiento del tallo sino además una cierta flexibilidad bajo las inspiraciones del viento y también una gran humildad.

En efecto, la enseñanza de la amapola consistía también en su fugacidad, en su fragilidad. Había que aprender a florecer pero también a marchitarse.

La montaña le había enseñado el sentido de la eternidad, la amapola le enseñaba la fragilidad del tiempo: meditar es conocer lo Eterno en la fragilidad del instante, un instante recto, bien orientado. Es florecer el tiempo en que se nos ha dado florecer, amar en el tiempo en que se nos ha dado amar, gratuitamente, sin por qué; puesto que ¿por qué florecen las amapolas?

Aprendía así a meditar “sin objeto ni beneficio”, por el placer de ser y de amar la luz. “El amor tiene en sí mismo su propia recompensa”, decía San Bernardo. “La rosa florece porque florece, sin por qué”, decía también Angelus Silesius.

El padre Serafín comenzó a sacudir a nuestro filósofo y de nuevo le cogió por el brazo. Lo llevó por un camino abrupto hasta el borde del mar, a una pequeña cala desierta.

– Deja ya de rumiar como una vaca el sentido de las amapolas. Adquiere también el corazón marino. Aprende a meditar como el océano.


Meditar como el océano

El joven se acercó al mar. Había adquirido un buen cimiento y una orientación recta; estaba en buena postura. ¿Qué le faltaba? ¿Qué podía enseñarle el chapoteo de las olas?.  En efecto, el viejo monje le había aconsejado meditar “como el océano” y no como el mar. Conocía ya el arte de poner de acuerdo su respiración con la gran respiración de las olas. Inspiro, expiro… y luego soy inspirado, soy expirado. Me dejo llevar por el soplo como alguien que se deja llevar por las olas. Hacía el muerto, llevado por el ritmo de las respiraciones del océano. La gota de agua, que en otro tiempo “se desvanecía en el mar”, guardaba hoy su forma, su consciencia. La gota de agua conservaba su identidad y sin embargo sabía “ser una” con el océano. De este modo el joven aprendió que meditar es respirar profundamente, dejar ir el flujo y reflujo del aliento.


Aprendió igualmente que aunque hubiese olas en la superficie, el fondo del océano seguía estando tranquilo. Los pensamientos van y vienen, nos llenan de espuma, pero el fondo del ser permanece inmóvil. Meditar a partir de las olas que somos para perder pie y echar raíces en el fondo del océano. Se acordaba de las palabras de un poeta que le habían impresionado en su adolescencia: “La existencia es un mar lleno de olas que no cesan. De este mar la gente normal sólo percibe las olas. Mira cómo de las profundidades del mar aparecen en la superficie innumerables olas mientras que el mar queda oculto en ellas”.

Hoy el mar le parecía menos “oculto en las olas”, la unidad de las cosas parecía más evidente sin que esto aboliera la multiplicidad. Tenía menos necesidad de oponer el fondo y la forma, lo visible y lo invisible. Todo constituía el océano único de su vida.

En el fondo de su alma, ¿no estaba el ruah, el  pneuma, el gran soplo de Dios?

– El que escucha atentamente su respiración, le dijo entonces el monje Serafín, no está lejos de Dios. Escucha quién es, ahí, al final de tu expiración, quién está en el origen de tu inspiración.

Meditar como un pájaro
– Estar sobre un buen cimiento, estar orientado hacia la luz, respirar como un océano no es todavía la meditación hesicasta, le dijo el padre Serafín; ahora debes aprender a meditar como un pájaro.

Y le llevó a una pequeña celda cercana a su eremitorio donde vivían dos tórtolas. El arrullo de los dos animalitos le pareció de momento encantador, pero no tardó en ponerle nervioso. Parece que escogían el momento en que caía dormido para arrullarse con las palabras más tiernas. Preguntó al viejo monje qué significaba todo aquello y si esa comedia iba a durar mucho. La montaña, la amapola, el océano, podían pasar (aunque uno pueda preguntarse qué hay de cristiano en todo ello), pero proponerle ahora este pájaro lánguido como maestro de meditación era demasiado.

El padre Serafín le explicó que en el Antiguo Testamento la meditación se expresa con la raíz traducida en general al griego por m‚l‚t‚ – meletan – y en latín por meditari-meditatio. En su forma primitiva la raíz significa “murmurar a media voz”. Igualmente se emplea para designar gritos de animales, por ejemplo el rugido del león (Is 31,4), el piar de la golondrina y el canto de la paloma (Is 38,14), pero también el gruñido del oso.


– En el monte Athos no hay osos. Por eso te he traído junto a una tórtola, pero la enseñanza es la misma. Hay que meditar con la garganta, no sólo para acoger el aliento, sino para murmurar el nombre de Dios día y noche… Cuando eres feliz, casi sin darte cuenta canturreas, murmuras a veces palabras sin significado y ese murmullo hace vibrar todo tu cuerpo con una alegría sencilla y serena. Meditar es murmurar como una tórtola, dejar subir ese canto que viene del corazón, como tú has aprendido a dejar que suba a ti el perfume de la flor… Meditar es respirar cantando. Sin quedarnos mucho en su significado, te propongo que repitas, murmures, canturrees lo que está en el corazón de todos los monjes del monte Athos: “Kyrie eleison, Kyrie eleison… “

Esto no le gustaba mucho al joven filósofo. En algunas bodas o entierros lo había oído traducido por: “Señor, ten piedad”.

El monje se puso a sonreír:

– Sí, es uno de los significados de esta invocación, pero hay otros muchos. Quiere decir también “Señor, envía tu Espíritu”, “que tu ternura esté sobre mi y sobre todos”, “que tu nombre sea bendito”, etc., pero no busques demasiado el sentido de la invocación. Ella se te revelará por sí misma. De momento sé sensible y estate atento a la vibración que despierta en tu cuerpo y en tu corazón. Procura armonizarla apaciblemente con el ritmo de tu respiración. Cuando te atormenten tus pensamientos recurre suavemente a esta invocación, respira más profundamente, mantente erguido y conocerás el comienzo de la hesiquia, la paz que da Dios sin engaño a los que le aman.

Al cabo de algunos días el “Kyrie eleison” se le hizo más familiar. Le acompañaba como el zumbido acompaña a la abeja cuando hace la miel. No lo repetía siempre con los labios. El zumbido se hacía entonces más interior y su vibración más profunda.

El “Kyrie eleison”, cuyo sentido había renunciado a “pensar”, le conducía a veces al silencio desconocido y se encontraba en la actitud del apóstol Tomás cuando descubrió a Cristo resucitado: “Kyrie eleison”, mi Señor es mi Dios.

La invocación le llevaba poco a poco a un clima de intenso respeto por todo lo que existe. Pero también de adoración por lo que está oculto en la raíz de toda existencia.

El padre Serafín le dijo entonces:

– Ya no estás lejos de meditar como un hombre. Tengo que enseñarte la meditación de Abraham.

Meditar como Abraham
Hasta aquí la enseñanza del staretz era de orden natural y terapéutico. Según el testimonio de Filón de Alejandría, los antiguos monjes eran “terapeutas”. Más que conducir a la iluminación, su papel consistía en curar la naturaleza; ponerla en las mejores condiciones para que pudiera recibir la gracia, que no contradecía la naturaleza sino que la restauraba y cumplía. La montaña, la amapola, el océano, el pájaro, eran otros tantos elementos de la naturaleza que recuerdan al hombre que debe ir más lejos, recapitular los diferentes niveles del ser o incluso los diferentes reinos que componen el macrocosmos: el reino mineral, el reino vegetal, el reino animal…

A menudo el hombre ha perdido el contacto con el cosmos, con la roca, con los animales y esto ha provocado en él desazones, enfermedades, inseguridades, ansiedad. La persona humana se siente “de más”, extranjera en el mundo.

El hombre es el lugar en que la oración del mundo toma consciencia de ella misma; está para nombrar lo que balbucean las criaturas. Con la meditación de Abraham entramos en una consciencia nueva y más alta que se llama fe, es decir, la adhesión de la inteligencia y del corazón en ese “tú” que se transparenta en el tuteo múltiple de todos los seres.

Esa es la experiencia de Abraham: detrás del titilar de las estrellas hay algo más que estrellas, una presencia difícil de nombrar, que nada puede nombrar y que sin embargo posee todos los nombres.

Es algo más que el universo y que sin embargo no puede ser aprehendido fuera del universo. La diferencia que hay entre el azul del cielo y el azul de una mirada, más allá de todos los azules. Abraham iba a la búsqueda de esa mirada.

Después de haber aprendido el cimiento, el enraizamiento, la orientación positiva hacia la luz, la respiración apacible de los océanos, el canto interior, el joven estaba invitado a despertar el corazón. “He aquí que de repente tú eres alguien”.

Lo propio del corazón es, en efecto, personalizarlo todo y en este caso, personalizar al Absoluto, la fuente de todo lo que es y respira, nombrarlo, llamarle “mi Dios, mi Creador” e ir en su Presencia. Para Abraham meditar es mantener bajo las apariencias más variadas el contacto con esta Presencia. Meditar como Abraham, decía el padre Serafín, es “practicar la hospitalidad: el vaso de agua que das al que tiene sed no te aleja del silencio con que te acerca a la fuente. Meditar como Abraham, ya lo entiendes, no sólo despierta en ti paz y luz sino también el amor por todos los hombres”.

Meditar como Abraham es interceder por la vida de los hombres, no ignorar su corrupción pero sin embargo no desesperar jamás de la misericordia de Dios.

Meditar como Abraham lleva aún más lejos… esto puede llevar hasta el sacrificio… y le citó el pasaje del Génesis en que Abraham se muestra dispuesto a sacrificar a su propio hijo Isaac:

– Todo es de Dios, murmuró el padre Serafín, Todo es de El, por El y para El. Meditar como Abraham te lleva a una total desposesión de ti mismo y de lo que te es más querido… Busca lo que valoras más, lo que identifica tu yo… Para Abraham era su hijo único. Si eres capaz de esta donación, de ese abandono moral, de esa confianza infinita en lo que trasciende toda razón y todo sentido común, todo te será devuelto centuplicado. “Dios proveerá”.

Meditar como Abraham es adherirse por la fe a lo que trasciende el universo, es practicar la hospitalidad, interceder por la salvación de todos los hombres. Es olvidarse de uno mismo y romper los lazos más legítimos para descubrirnos a nosotros mismos, a nuestros prójimos y al universo habitado por la infinita presencia del “Único que es”.

Meditar como Jesús
El padre Serafín se mostraba cada vez más discreto. Notaba los progresos que hacía el joven en su meditación y oración. 

Un día, el joven fue hacia él y le preguntó:

– Padre ¿por qué no me hablas nunca de Jesús? ¿Cómo era su oración, su forma de meditar?. En la liturgia y en los sermones sólo se habla de él. En la oración del corazón, tal como se describe en la filocalia, hay que invocar su nombre. ¿Por qué no me dices nada de eso?.

El padre Serafín pareció turbarse, como si el joven le preguntara algo indecente, como si tuviera que revelar su propio secreto. Cuanto más grande es la revelación recibida, más grande debe ser nuestra humildad para transmitirla. Sin duda no se sentía tan humilde:

– Eso sólo el Espíritu Santo te lo puede enseñar. «Quién es el Hijo lo sabe sólo el Padre; quién es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10, 22). Tienes que hacerte hijo para rezar como el Hijo y tener, con quien él llama su Padre, las mismas relaciones de intimidad que él, y esto es obra del Espíritu Santo. El te recordará todo lo que Jesús ha dicho. El evangelio se hará vivo en ti y te enseñará a rezar como hay que hacerlo.

El joven insistió.

– Pero dime algo más.

El viejo sonrió: Meditar como Jesús recapitula todas las formas de meditación que te he transmitido hasta ahora.

Jesús es el hombre cósmico… sabía meditar como la montaña, como la amapola, como el océano, como la paloma. Sabía meditar como Abraham. Su corazón no tenía límites, amando hasta a sus enemigos, sus verdugos: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Practicando la hospitalidad con los que se llamaban enfermos y pecadores, los paralíticos, las prostitutas, los colaboracionistas… Por la noche se retiraba a orar en secreto y allí murmuraba como un niño “abba”, que quiere decir “papá”…

Dios y el hombre se hacen una sola cosa… quizás hace falta que alguien te haya llamado “papá” en la oscuridad para comprenderlo… Pero tal vez hoy estas relaciones íntimas de un padre y una madre con su hijo ya no signifiquen nada. Quizás sea una mala imagen. Por eso yo prefería no decirte nada, no usar imágenes y esperar a que el Espíritu Santo pusiera en ti los sentimientos y el conocimiento de Jesucristo para que ese “abba” no saliera de la punta de los labios sino del fondo de tu corazón. Ese día empezarás a comprender lo que es la oración, la meditación de los hesicastas.

Ahora vete.

El joven se fue. Volvió a su país. Lo encontraron más delgado y no vieron nada espiritual en su barba, más bien sucia, ni en su aspecto más bien descuidado… Pero la vista de su ciudad no le hizo olvidar la enseñanza de su staretz.

Cuando estaba muy agobiado, sin nada de tiempo, se sentaba como una montaña en la terraza del café. Cuando sentía en él orgullo o vanidad, se acordaba de la amapola (“toda flor se marchita”) y de nuevo su corazón se volvía hacia la luz que no pasa nunca.

Cuando la tristeza, la cólera, el disgusto, invadía su alma, respiraba profundamente, como un océano, volvía a tomar aliento en el soplo de Dios, invocaba su nombre y murmuraba: “Kyrie Eleison”.

Cuando veía el sufrimiento de los seres humanos, su maldad y su impotencia para cambiar nada, se acordaba de la meditación de Abraham.

Cuando le calumniaban, cuando decían de él todo tipo de infamias, era feliz meditando con Cristo…  Exteriormente era un hombre como los demás. No intentaba tener “aire de santo”…

Había olvidado incluso que practicaba el método de oración hesicasta; simplemente intentaba amar a Dios cada momento y caminar en su presencia.         


Daniel